‏Me digo a mí misma desde hace un mes que tengo que escribir sobre el duelo que supone el fin de la lactancia. Abro un documento nuevo. Blanco. Virgen. Lo miro un buen rato. Lo cierro. No sé cómo empezar, y esa es mi mejor excusa para postergarlo una y otra vez. Venga, hoy sí. No. Me peleo con él -o conmigo-, me pongo otra excusa (más) y finalmente me convenzo de que es mejor hacerlo mañana. Lo abro. Lo cierro de nuevo, pero antes el mensaje: ¿Quiere guardar el documento? No.

“También se escribe a base de rumiar, de la misma manera en que se encuentra, días después, la respuesta a una ofensa”, escribía Marie Darrieussecq en El bebé. Hoy sí. Hoy por fin le cuento a esta hoja en blanco que he estado triste como si hubiera perdido una parte de mí. Ahora tengo un miembro fantasma, vacío de leche y de consuelo, y una mochila de morriña por el lugar que fuimos los dos.

El cierre de una etapa siempre me recuerda al final del verano, a ese momento exacto en el que eres consciente del comienzo inminente de un nuevo curso –o de la vuelta al trabajo (aunque no sé si esto es aplicable ahora que soy madre y autónoma)–. Es curioso. Por un lado te entristeces por tener que ir despidiéndote del calor, de ese maravilloso ritmo lánguido que solo te permites en época estival y de los helados. Los de chocolate negro y avellanas. Por otro, claro está, tienes una necesidad imperiosa de volver a la aburrida rutina, de cambiar de estación y hasta de calzarte las botas. Sabes que no podrías vivir en un verano inmortal.

El fin de nuestra lactancia ha sido un poco así: un quiero pero no quiero. Un fin de verano. Un comienzo de curso. Una vuelta a empezar. Quería recuperar espacio, horas de sueño y una parte de mi cuerpo que ya no me pertenecía. Pero en esa tómbola de sentimientos ambivalentes que es la maternidad, encontré otra papeleta: quería continuar siendo refugio seguro, casa, alivio. Deseaba seguir teniendo la capacidad de serenar el vendaval de los dos años, ese que encontraba en mi pecho un anticiclón permanente.

Han sido 26 meses. Y siento que han pasado muy rápido. Supongo que por esa teoría que tengo de que cuando nos convertimos en padres tomamos más conciencia del tiempo a través del crecimiento de nuestros hijos. Ellos crecen, nosotros envejecemos. En 26 meses he absorbido el olor de su cabeza, he acariciado insistentemente sus diminutas manos y, en un intento de tener memoria fotográfica, he captado una y otra vez esos ojos que me miran después de acoplar ese cordón umbilical que es su boca abierta en mi cuerpo. En los momentos más cansados, en los días que seguían a las noches fragmentadas en infinitos despertares, el tiempo se detenía. Entonces fantaseaba con montar en el DeLorean DMC-12 para llegar hasta hoy. Hasta el cierre de esa etapa que es el postparto y que no acaba, ni de lejos, 40 días después del parto. Han pasado más de 700 días.

Ahora sí.