Noemí López Trujillo analiza en ‘El vientre vacío’ los condicionantes actuales para poder acceder a la maternidad y plantea el debate de si somos realmente libres para decidir si tenemos hijos o no. 

 

 

“Cada vez imagino más mi vientre vacío. Como una tumba a la que algún día llevaré flores. Un trozo de tierra yermo, un lugar en el que nunca habrá nada, que siempre estuvo muerto. Una latitud de mi cuerpo que no la siento como propia porque no crece en ella nada, y yo querría”. Y yo querría. Ese es el hilo conductor que le sirve a Noemí López Trujillo para tejer El vientre vacío, un relato que refleja –a través de la propia experiencia, de las vivencias de otras mujeres y de cifras muy significativas–, las dificultades de una generación sumida en la precariedad laboral y económica para tener hijos. ¿Somos madres hoy quienes queremos o quienes podemos? ¿Qué necesitamos para ser madres? ¿Lo tenemos más difícil hoy de lo que lo tuvieron nuestras madres o nuestras abuelas? Noemí López pone sobre la mesa estas y otras cuestiones, todas ellas imprescindibles para analizar qué está pasando y hacia dónde vamos.

 

¿Libres para ser madres?

 

Hasta hace no mucho ser madre era un imperativo de género. Hoy en muchos países es una decisión libre. Sin embargo, ¿es madre quién quiere o quién puede? ¿Somos más libres las mujeres hoy? ¿Somos realmente libres? El pasado 7 de octubre entrevisté a Noemí López Trujillo en la sección De mamás y de papás, de El País, y esta fue  una de las preguntas que le planteaba. “En muchos sentidos, lo somos. En otros, creo que los imperativos se han transformado, no es que hayan dejado de existir. La maternidad, en concreto, sigue siendo una herramienta de disciplina: como ejemplo, los vientres de alquiler. Y ocurre algo similar con la libertad sexual: el término “honor” se ha reconfigurado pero se sigue cuestionando la autonomía de nuestros cuerpos. Al final, creo que el libro trata de reflejar eso: la constante pérdida de autonomía, como si nuestros cuerpos fuesen una disculpa o una concesión”, respondía.

Es imposible no pensar aquí en el prólogo de Carolina León en Nacemos de mujer, cuando habla del “paradigma de la elección”. “Desde la publicación de Nacemos de mujer hasta hoy, han cambiado cosas sustanciales: se extendió el acceso al control de la reproducción, se ampliaron demandas y derechos (divorcio y leyes que garantizaban la interrupción del embarazo), casi cualquier mujer se tuvo que sumar a la fuerza laboral (destino definido como “liberación” pero, a la vez, necesidad primaria de sustento) y se ganaban cuotas increíbles de autonomía e independencia, al tiempo que cambiaba por completo el panorama de la familia en Occidente. La mujeres del primer mundo empiezan a “decidir” en qué momento ser madre, o no serlo jamás, barajando sus opciones de promoción momento vital o estabilidad laboral; tienen a su disposición escasos recursos en materia de bajas laborales y/o protección de la maternidad (dependiendo del país y de la época), pero un amplio espectro de posibilidades”. Continúa Carolina León con un asunto clave: se empieza a retrasar el momento de tener hijos (en Europa primero y en Estados Unidos después), o se tienen menos hijos o ninguno, y el número de nacimientos cae drásticamente. La reproducción asistida cobra fuerza entonces para quienes tienen dificultades en este sentido, por lo que podríamos pensar que, efectivamente, las mujeres eligen si son madres, o no, cuándo y cuántas veces porque la edad ya no es un problema; lo ha solucionado la ciencia.

Pero, como bien dice León, si pudiéramos hablar con Adrienne Rich, nos diría que la institución de la maternidad no ha sido tocada. Que no somos realmente tan libres para decidir si somos madres, o cuándo, o cómo, o cuántos hijos tenemos. “La maternidad se nos vende como un asunto privado, pero es realmente un tema muy, muy público. Al cabo, no es mucho más que un tema de clase: todo lo que tiene que ver con la maternidad en el “paradigma de la elección” está atravesado por las condiciones materiales”. Negar esto es no ver la realidad.

 

 

 

 

Siempre hay alguien peor, o no

 

Adrián y yo siempre decimos que podríamos escribir un relato de la precariedad. La nuestra. Dos autónomos, ambos periodistas freelance, intentando criar y sobrevivir. Hemos tenido suerte, sí, aunque vivamos con esa eterna sensación de la que habla Noemí en el libro, de supervivencia, de vivir “entre la ola y la roca”. A menudo nos sentimos en la obligación de dar las gracias porque –es cierto– siempre hay alguien peor. Podría haber sido peor. Aunque durante los primeros años de Mara me levantara a las 3 A.M. para poder trabajar (en casa), o aunque a las 24 horas de nacer su hermano tuviera que sentarme frente el ordenador. Dormir y vivir está sobrevalorado.

Leo a menudo comentarios que aluden a nuestras abuelas, o a nuestras propias madres, cuando se aborda el debate de si es tan difícil o no criar hijos hoy. Si lo tenemos peor que ellas o si por el contrario somos generaciones adictas a la queja y al viva la vida loca. Que no valoramos lo que tenemos. “Antes se tenían hijos y no se planteaban estas cosas”. Claro. Antes tener hijos era un imperativo. Volvemos a la institución de la maternidad que tan magistralmente analizó la citada Adrianne Rich en su Nacemos de mujer. Probablemente las mujeres que forman parte de nuestra genealogía no disponían de muchas más opciones que criar hijos, deseados o no. “En España hasta hace tan solo 50 años no existía la capacidad de decisión reproductiva que –a modo de trampantojo– tenemos hoy. Fue a partir de los años 80 del pasado siglo XX cuando se extendió el acceso a múltiples métodos anticonceptivos.”, escribía en otro artículo en El País titulado ¿Qué nos empuja a ser madres en una sociedad sin políticas sociales? En él, con la ayuda de las escritoras Silvia Nanclares y Pilar Adón, y de la demógrafa Teresa Castro, analizaba hasta qué punto la maternidad, como deseo “visceral”, está atravesada indiscutiblemente por las condiciones materiales y por la presión social y familiar. 

Noemí ha puesto palabras y piel a una realidad invisible para quienes observan el mundo desde un colchón de privilegios. Porque el de Noemí es un relato necesario para reflejar las diferencias sociales en el acceso a la maternidad. Y sí, es cierto que la fugacidad, las relaciones superfluas, lo transitorio que parece todo y el capitalismo salvaje están ahí, marcando el ritmo de nuestra sociedad actual para todos. Seguramente somos más egoístas, más egocéntricos, que quienes forman parte de otras generaciones. ¿Qué porción de nuestro pequeño reino estamos dispuestos a ofrecer? Pero no se puede negar que hemos construido una sociedad asentada en empleos precarios y volátiles, en la que los desahucios han sido normalizados y en la que el acceso a una vivienda se ha convertido en un auténtico lujo. Una sociedad bastante hostil a la maternidad en general, y a la crianza en particular, que invisibiliza los cuidados. Podríamos ir a mejor, hacia una sociedad más garantista, pero en realidad nos conformamos con ponernos una máscara de prosperidad. ¿Siempre hay alguien peor? Sí, y también mejor, como señala la autora de El vientre vacío. “La queja es legítima”, será lo último que perdamos.

 

 

 

CARACTERÍSTICAS

 

El vientre vacío

Autora: Noemí López Trujillo

ISBN: 978-84-120645-7-5
PVP: 16 €
128 páginas
Tamaño: 14×22 cm
Encuadernación: Rústica con solapas

 

 

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