Me dijeron muchas veces que tenía suerte. ¿Cómo no la iba a tener? A mi lado, un padrazo. Padrazo. La primera vez apenas reparé en la palabra, salvo por un pellizco de envidia y el abismo de preguntas que se abrió ante mí. ¿Estaré a la altura? ¿Qué esperan de mí? ¿Seré lo suficientemente buena? ¿Por qué nunca soy lo suficientemente buena?

Padrazo. Cada vez que alguien pronunciaba la maldita palabra me volvía invisible. Padrazo. Lo acepté sin remedio.

Durante cinco años bañé a mis hijos, les alimenté y les consolé con mi pecho, preparé las comidas y las cenas, me ahogué en coladas infinitas y alivié las fiebres. Dejé de dormir. Trabajé sin descanso frente a la pantalla de un ordenador mientras les amamantaba o les sostenía en mis brazos. Trabajé cuidando sin derecho a descanso. Y cuando ya no pude más, seguí trabajando.

 

 

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