Escribo este texto aprovechando que he acabado parte de mi lista de tareas urgentes. Y digo parte porque en realidad la lista nunca deja de crecer y lo hace a un ritmo vertiginoso. Me recuerda mucho a la barba del viejo más viejo del mundo del que habla Gloria Fuertes en su Cocoloco Pocoloco. “Cada quince días me crece quince centímetros la barba, ya ni me afeito”. Pues eso, que ya no intento meterle la tijera. ¿Para qué si la lista va a volver a crecer?

“Vivir sin escribir ni dejar constancia de las cosas siempre me ha resultado desconcertante”, decía Jane Lazarre en El nudo materno. Yo hace siete meses que busco un momento para escribir aquí o allá. Quizás simplemente por mi propia salud mental. Me parece increíble que haya pasado tanto tiempo desde que hablara de El vientre vacío, el libro en el que Noemí López Trujillo plantea los condicionantes actuales para poder acceder a la maternidad. Ha habido muchas lecturas después, también muchos textos publicados, muchas entrevistas, ideas que llegan y se van, pero ni un miserable lugar en ese inventario inacabado de tareas que me persigue para nada que no sea productivo a nivel laboral o familiar. Ya no hay tiempo que perder. ¿Cuántas horas debería tener un día?

Ahora, con el confinamiento, la dificultad para llegar a todo, y llegar más o menos bien, se ha multiplicado. Porque estos meses que llevamos confinados como consecuencia del coronavirus ha sido como volver a la montaña rusa a la que subimos en 2014, y de la que creíamos habernos bajado cuando el pasado mes de septiembre teníamos a nuestros hijos escolarizados –a los dos– después de seis años trabajando con ellos en casa. Primero yo, durante los tres primeros años de la mayor. Después, cuando nació el pequeño, los dos. Pleno para mí. ¿Cómo ha sido la experiencia? Cojo aire y me respondo con una palabra: ambivalente. Por un lado, trabajar en casa ha sido un parche malo que nos ha servido para hacer trampas al monstruoso sistema productivo y poder estar presentes, organizarnos mejor. Seguir cuidando, ese privilegio del siglo XXI. Por otro lado también ha sido angustioso y agotador. Me he estado levantado durante mucho tiempo a las 3 de la mañana para aprovechar las horas de sueño de Mara, que por cierto eran tan anárquicas como escasas. He hecho entrevistas encerrada en un baño mientras alguno de mis hijos dormía una siesta. También las he hecho desde nuestro coche, mientras les esperaba aparcada a que salieran del colegio. He ido a reuniones con el pequeño y he dado teta a la mayor en una charla.  Fines de semana, viajes en coche, visitas de familiares… Momentos y escenarios diversos para una búsqueda de horas de final incierto. ¿Dónde está el mapa que pueda guiarnos hacia un benévolo fin de mes?

 

Tiempo, el patrimonio más valioso

 

Cuando eres madre y trabajas en casa con niños, la vida sucede en una interrupción constante. Me representa mucho una frase que escribe Aroa Moreno en un texto para InfoLibre: “Empiezo a teclear y en la oscuridad le oigo: ¿mamá? Que alguien me diga el secreto: qué hilo invisible va de mi teclado al párpado de mi hijo”. Real. Basta con encender el ordenador para que se haga la magia. Trabajar en casa es también trabajar a la expectativa, sabiendo que aunque te levantes de madrugada, o te acuestes tarde, siempre estará ahí el despertar, la pesadilla, la necesidad de consuelo. Sus necesidades, sobre todo los primeros años, son incompatibles con este mundo adulto salvaje del que es difícil sacar un pie. ¿Qué clase de imposible es ese binomio trabajo remunerado – cuidados?

Me detengo en ese hilo invisible del que habla Aroa Moreno y vuelvo a Lazarre, que dice así en una de las páginas del libro citado al principio: “Una mañana, después de cumplir con mis tareas domésticas, jugué con Benjamin a hacer construcciones, a la pelota y a los médicos. Luego, sin éxito, intenté que jugara solo para volver a mi lectura. Pero Benjamin solo se distraía si me veía limpiar. Él consideraba que ése era mi trabajo y, al verme en constante movimiento, de alguna manera aceptaba que no le prestara atención”. Cuántas veces he tenido la sensación de que mi ordenador, el libro, la libreta en la que escribía, estaban conectadas de manera clandestina con mis criaturas. ¿Qué misterioso mecanismo madre e hijo pone en marcha esto?

Otro dato: cualquiera podría pensar que a cuatro manos esta historia podría ser más fácil. Que ese tiempo para lo productivo, que en realidad no es más que una maraña de minutos y segundos robados, aumenta cuando sumamos otro a la ecuación. Spoiler: la maraña de tiempo se contrae, por lo que la dificultad se multiplica. Ocurre que cuando dos personas transitan el camino del freelance en el mismo hogar la disponibilidad del tiempo salta por los aires. ¿Cómo repartir el tiempo para que dos personas dispongan de él? ¿Cómo cuadrar las necesidades laborales de uno con las del otro?

Suma y sigue: cuando se despertó, la carga mental seguía ahí. Me pregunto si siempre hay una parte del equipo que apechuga con más ocupaciones: son las decisiones, la economía doméstica, la planificación, la organización. Pese a percibir en cierto modo un reparto, siento que a mi alrededor se amontonan más fardos de quehaceres cotidianos. Los veo también en torno a muchas de las mujeres de mi entorno. ¿Será que todavía no hemos integrado que todo eso también nos sostiene?

No es necesario tener un empleo remunerado, en casa o fuera de casa, para que el tiempo se haya volatilizado. Los cuidados exigen más de nuestra persona de lo que a priori se pueda imaginar. Es como entrar de lleno en un agujero negro en el que no existe el tiempo. Los días se suceden uno tras otro en un bucle de cometidos. La tarea infinita. En Internet hay miles de páginas dedicadas a cómo podemos organizar el tiempo las madres de criaturas. Yo misma es seguro que en algún momento haya escrito sobre ello. La mayoría se centran en empleo y cuidados, y todas ellas se dirigen a mujeres de clase media. ¿Qué lugar ocupan los cuidados en nuestra sociedad? ¿Cuántas mujeres quedan fuera de lo normativizado? ¿Qué ocurre cuando “solo” te dedicas a cuidar?

No menciono la palabra conciliación. ¿Para qué si no existe? ¿Por qué mencionarlo si es sólo un término confuso, oscuro, equivocado? 

Dejo todas esas preguntas en el aire para quien quiera recogerlas. Yo, por mi parte, me quedo masticando tanto enigma, al menos hasta que pueda volver a hurtar una porción de un tiempo que ha dejado de pertenecerme.

 

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